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Ciudad del Vaticano. El papa Francisco celebró esta mañana, en el Aula Pablo VI, la primera audiencia general después del descanso estival. En la catequesis reflexionó sobre su reciente viaje a Polonia, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). “Esta JMJ, dijo Francisco, se convirtió en un signo profético para Polonia, para Europa y para el mundo. La nueva generación de jóvenes, herederos y continuadores de la peregrinación iniciada por san Juan Pablo II, dieron respuesta al desafío de hoy, dieron el signo de esperanza, y este signo se llama fraternidad. Porque precisamente en este mundo en guerra es necesaria fraternidad, es necesaria cercanía, diálogo, amistad, y esto es un signo de esperanza”.

El papa Francisco celebró esta mañana, en el Aula Pablo VI, la primera audiencia general después del descanso estival. En la catequesis reflexionó sobre su reciente viaje a Polonia, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). “Esta JMJ, dijo Francisco, se convirtió en un signo profético para Polonia, para Europa y para el mundo. La nueva generación de jóvenes, herederos y continuadores de la peregrinación iniciada por san Juan Pablo II, dieron respuesta al desafío de hoy, dieron el signo de esperanza, y este signo se llama fraternidad. Porque precisamente en este mundo en guerra es necesaria fraternidad, es necesaria cercanía, diálogo, amistad, y esto es un signo de esperanza”.

Texto de la catequesis

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera reflexionar brevemente sobre el viaje apostólico que he realizado en los días pasados en Polonia. La ocasión del viaje ha sido la Jornada Mundial de la Juventud, 25 años después de la histórica celebrada en Częstochowa poco después de la caída de la “cortina de hierro”. En estos 25 años ha cambiado Polonia, ha cambiado Europa y ha cambiado el mundo, y esta JMJ se convirtió en un signo profético para Polonia, para Europa y para el mundo. La nueva generación de jóvenes, herederos y continuadores de la peregrinación iniciada por san Juan Pablo II, dieron respuesta al desafío de hoy, han dado el signo de esperanza, y este signo se llama fraternidad. Porque precisamente en este mundo en guerra es necesaria fraternidad, es necesaria cercanía, diálogo, amistad, y esto es un signo de esperanza, cuando hay fraternidad.

Empezamos por los jóvenes, que fueron el primer motivo del viaje. Una vez más respondieron al llamado: vinieron de todo el mundo. Algunos de ellos todavía están aquí. Una fiesta de colores, de rostros diferentes, de lenguas, de historias diferentes. Y no sé cómo hacen, hablan distintas lenguas pero logran entenderse, ¿por qué? porque tienen la voluntad de ir juntos a hacer puentes de fraternidad. Han venido también con sus heridas, con sus interrogantes, pero sobre todo con la alegría de encontrarse; y una vez más han formado un mosaico de fraternidad. Se puede hablar de un mosaico de fraternidad. Una imagen emblemática de la Jornada Mundial de la Juventud es la extensión multicolor de banderas ondeadas por los jóvenes: de hecho, en la JMJ, las banderas de las naciones se vuelven más bonitas, por así decir “se purifican”, y también banderas de las naciones en conflicto entre ellas ondean cerca y esto es bueno. ¡También aquí están las banderas! ¡Hagan que se vean!

Así, en este gran encuentro jubilar, los jóvenes del mundo acogieron el mensaje de la Misericordia, para llevarlo por todos lados en las obras espirituales y corporales. ¡Doy las gracias a todos los jóvenes que fueron a Cracovia! ¡Y doy las gracias a aquellos que se unieron a nosotros desde diferentes partes de la tierra! Porque en muchos países se han hecho pequeñas Jornadas de la Juventud unidas con la de Cracovia. El don que han recibido se convierta en respuesta diaria a la llamada del Señor. Un recuerdo y un pensamiento va para Susana, la joven romana de esta diócesis, que ha fallecido justo después de haber participado en la JMJ, en Viena. El Señor, que seguro la recibió en el Cielo, conforte a sus familiares y amigos.

En este viaje visité también el Santuario de Częstochowa. Delante del icono de la Virgen, he recibido el don de la mirada de la Madre, que es de forma particular Madre del pueblo polaco, de esa noble nación que ha sufrido tanto y, con la fuerza de la fe y su mano materna, siempre se ha levantado. He saludado a algunos polacos aquí, ¡eh! ¡Son buenos ustedes, son buenos! Ahí, bajo esta mirada, se entiende el sentido espiritual del camino de este pueblo, cuya historia está ligada de modo indisoluble a la Cruz de Cristo. Ahí se toca con la mano la fe del santo pueblo fiel de Dios, que custodia la esperanza a través de las pruebas; y conserva también aquella sabiduría que es equilibrio entre tradición e innovación, entre memoria y futuro. Y Polonia hoy recuerda a toda Europa que no puede haber futuro para el continente sin sus valores fundantes, los cuales a su vez tienen en el centro la visión cristiana del hombre. Entre estos valores está la misericordia, de la cual han sido especiales apóstoles dos grandes hijos de esta tierra polaca: santa Faustina Kowalska y san Juan Pablo II.

Y, finalmente, también este viaje tenía el horizonte del mundo, un mundo llamado a responder al desafío de una guerra “a pedazos” que lo está amenazando. Y aquí el gran silencio de la visita a Auschwitz-Birkenau fue más elocuente que cualquier palabra. En aquel silencio escuché, sentí la presencia de todas las almas que pasaron por ahí; sentí la compasión, la misericordia de Dios, que algunas almas santas también supieron llevar a este abismo. En ese gran silencio recé por todas las víctimas de la violencia y de la guerra. Y ahí, en ese lugar, comprendí más que nunca el valor de la memoria, no solo como recuerdo de hechos pasados, sino como advertencia y responsabilidad para el hoy y el mañana, para que la semilla del odio y de la violencia no crezca en los surcos de la historia. Y en esta memoria de las guerras y de tantas heridas, de tanto dolor vivido, también existen hombres y mujeres, hoy, que sufren las guerras: tantos hermanos y hermanas nuestros. Mirando aquella crueldad, en aquel campo de concentración, pensé enseguida en la crueldad de hoy, que se asemejan: no así concentrada como en aquel lugar, sino por todas partes en el mundo; este mundo que está enfermo de crueldad, de dolor, de guerra, de odio, de tristeza. Y por esto siempre pido una oración: ¡que el Señor nos dé la paz!

Por todo esto, agradezco al Señor y a la Virgen María. Y expreso nuevamente mi gratitud al presidente de Polonia y a las autoridades, al cardenal arzobispo de Cracovia y a todo el episcopado polaco, y a todos los que, de mil formas, han hecho posible estas jornadas, que ofrecieron un signo de fraternidad y de paz a Polonia, a Europa y al mundo. También quisiera agradecer a los jóvenes voluntarios, que durante más de un año han trabajado para llevar adelante esto. Y también a los medios de comunicación, a los que trabajan en estos medios: muchas gracias por haber hecho que esta Jornada se viera en todo el mundo. Y aquí no puedo olvidarme de Anna Maria Jacobini, una periodista italiana que perdió la vida allí, de repente. Oremos también por ella, ella se fue en un acto de servicio. Gracias.+

Fuente: AICA

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