Revista Julio-Agosto 2010
¿Nuestra acción misionera respeta la libertad de los demás y les ayuda a descubrir el valor que tienen como personas? En nuestra realidad escuchamos decir que muchos de los momentos de crisis que vivimos como sociedad, familia, tienen que ver con la “pérdida de algunos valores”. Y estoy de acuerdo en que es así, aunque no debemos quedarnos sólo en enunciar una frase, sino también en decir que quienes “han perdido esos valores” somos las personas, por lo tanto en concreto es una responsabilidad que nos toca a todos los que vivimos - encarnamos - esos Valores, porque de lo contrario todo puede quedar en algo demasiado abstracto.
Si bien debemos recuperar algunos valores, ¿por cuál comenzamos? Creo que un valor fundamental a recuperar es que comprendamos la gran importancia del Respeto. Son muchos los ambientes en los cuales nos desarrollamos, donde no somos capaces de “respetarnos”, lo experimentamos a diario.
Es parte esencial de la vida de relación que sepamos vivir el respeto por los demás, por los lugares que cada uno ocupa, por las características y diferencias que tienen.
Por eso hablo de “educar en el respeto”, como aquello que debe comenzar desde el comienzo de la vida misma, respetando la vida propia y la de los demás y, en el mismo desarrollo de la vida dentro de una familia, comenzar a vivir con respeto. No es fácil poder hablar de respeto, exigirlo, cuando no lo ejercemos para nosotros mismos y para aquellos que nos rodean. Basta mirar a nuestro alrededor tantas situaciones de “falta de respeto” con que nos encontramos en forma casi permanente.
Me refiero al hecho de no respetar el lugar de cada persona, mayor o menor, dentro de la familia, en la escuela, en un grupo social; y hablo de respetar el lugar y la tarea que cada uno debe desarrollar. Salimos a la calle y ya el ritmo con el que vivimos hace que no respetemos el mismo derecho que el otro tiene a circular libremente, a no molestarnos, a no ponernos ansiosos porque hay una demora o porque debo esperar que sea atendida la persona que llegó antes que yo y por lo tanto corresponde que tenga el primer lugar.
Nos cuesta también respetar el trabajo de los demás, las responsabilidades que cada uno tiene y, quizás también, el cómo exigirle que lleve adelante su tarea. Todo va llevando a que no vivamos el valor del respeto, que siempre comienza en nuestros círculos más íntimos y cotidianos, y luego seguro que se irá ampliando a otras instancias, para terminar no respetando leyes, normas de convivencia, autoridad, etc.
Volvamos a “educarnos y a educar” en el respeto, y quizás ya tengamos el comienzo de una base para que nuestra convivencia social pueda mejorar.
Jesús remarca dos actitudes eminentemente misioneras: conocer y ser conocido por sus ovejas. Ese conocimiento mutuo significa saber sintonizar con el otro. Esa actitud de respeto supone también un saber perder tiempo, saber esperar, saber estar siempre disponible: Mc. 6, 31.
P. Sisto Karrau, imc

