Revista Mayo-Junio 2010
Estamos viviendo últimamente situaciones muy preocupantes como país, quizás no muy diferentes a las que ya hemos vivido muchas otras veces, con enfrentamientos, posiciones muchas veces cerradas, pretendiendo justificar de cualquier manera lo que cada uno piensa.
Lo que no debemos dejar de pensar es desde dónde debemos construir. Y en eso sin duda el camino más seguro es el del diálogo, el del respeto, virtud que creo que ya hemos perdido bastante y hace mucho tiempo. Nunca el camino del enfrentamiento es el mejor. Nunca el de la fuerza por la fuerza misma y para demostrar quien tiene más “razón” o “poder”.
Reflexionando en tantas situaciones que vivimos todos los días, a nivel de reclamos, discusiones, maneras de construir lo que llamamos el país, sino también en aquellas actitudes que nos rodean. Hay un ambiente de “agresividad” en muchos ámbitos, donde muchas veces parece que todo se debe resolver definiendo quién se impone con más vehemencia.
Sucede esto ante reclamos legítimos que se hacen muchas veces de una manera no adecuada. Sucede ante decisiones que se toman y no siempre se hace pensando en el bien común ni como se trasmite, y hasta no siempre por los caminos que corresponde.
Sucede en lo diario, en el ambiente en que nos movemos habitualmente, en una escuela donde cualquier discusión termina de manera agresiva, quizás porque esos niños ven que en su propia familia todo se resuelve de esa manera, y a su vez, todos vemos que a cualquier nivel dirigente todo se termina solucionando de la misma forma.
Ya ni aquellas situaciones que muchas veces deberían servir para recrearnos, para distraernos, escapan a situaciones de agresividad y violencia.
No es desde este lugar de enfrentamiento desde donde construiremos algo serio y firme. Es desde el respeto, la solidaridad, el que cada uno aporte desde su lugar lo que debe, como podremos ir creciendo como familia, como sociedad y como país.
El crecimiento tiene mucho que ver con el desarrollo, con lo económico, pero también con la manera en que nos tratamos entre nosotros, si hay diálogo, acercamiento, buscando juntos, desde la verdad, qué es lo mejor para todos. Y en esto no es solo cuestión de mirar hacia los demás, sea arriba, abajo o al costado. No, debo mirar cerca de mí, a los que me rodean y con los que comparto la mayor parte de mis horas, y allí pensar cómo estoy aportando a esa construcción, si soy capaz de respetar, de dialogar, de buscar con sinceridad los mejores caminos. Si no lo hacemos de ese modo, seguirán siendo sólo intentos de construir algo mejor, pero seguiremos atados a situaciones que no nos dejarán avanzar.
Termino esta reflexión pidiendo a la Virgen de la Consolata que nos ayude a construir espacios de diálogo y respeto. La Patria es un don que hemos recibido, la Nación una tarea que nos convoca y compromete nuestro esfuerzo. Asumir esta misión con espíritu fraterno y solidario es el mejor modo de celebrar el Bicentenario de nuestra Patria.
P. Sisto Karrau, imc

